La “pobreza” no es un problema “técnico” es un crimen del capitalismo
Escrito por Fernando Buen Abad Domínguez
Uno de los productos ideológicos más rentables, obra del capitalismo, es haber convencido a su enemigo de clase - la clase trabajadora- de que ella es inferior, débil, insignificante e impotente y que, por todo eso, debe sentir vergüenza de sí, de su identidad de clase, de su origen y de su esencia. Negocio redondo
En muy pocas cosas la burguesía invierte más recursos (quizá sólo compita la industria de las armas) que en demoler la conciencia del proletariado intoxicándolo con falsa conciencia, supercherías, miedos, frustración, tristeza y vergüenza. Lo vemos en las telenovelas como lo vemos en las calles, lo vemos en la Historia como lo vemos en nuestras propias casas. Los pobres cargan, por si fuese poco, además del peso de las peores limitaciones, el estigma social de ser “pobres”. Y con ello el falso dilema de que los pobres no luchan por los pobres porque se avergüenzan de ellos y de sí mismos. Como si la lucha contra la pobreza sólo fuese terreno reservado -privilegiado- para la filantropía burguesa.
Están acostumbrados los capitalistas a pagar sueldos miserables, a imponer jornadas insoportables. Roban tiempo y fuerza, roban salud física y mental a los trabajadores y los ven enfermar y morir, alienarse a cada minuto, mientras los patrones gozan los beneficios en complicidad con los politicastros de turno. Eso es lo que tenemos enfrente de nuestras luchas. He ahí un retrato simple pero real. Muchos patrones son cínicos descontrolados porque a sabiendas de que roban y engañan, se hacen pasar por dadivosos, por "generadores de empleo", por "cristianos". Se santiguan y hacen creer a sus familias que son “buenos” mientras se aplauden entre ellos. Le besan la mano al cura. Pero todos fabrican pobreza y miseria… ese es su crimen.
Ninguno de los engaños literarios, simbólicos o religiosos que se han ideado para disfrazar la “vergüenza” de ser pobre, diluye objetivamente los efectos psicológicos y culturales de un mal social monstruoso, la pobreza, obra del capitalismo, que carcome a la inmensa mayoría de los seres humanos. Más del 65 %. Cuando poblaciones enteras no tienen comida ni agua, no tienen salud y no pueden trabajar pero miran en la televisión, en la prensa y en la publicidad cómo la felicidad, la salud, el bienestar (según lo entiende la burguesía) dependen de ser “rico”, “famoso” y “hermoso”… Los pueblos, además de maltratos físicos, reciben maltratos psicológicos y discriminación, no sólo racial, sino principalmente económica, es decir, por pobreza. Eso es humillante y es un dolor acumulativo que muchas veces queda en las cabezas de los trabajadores sin una solución clara y de combate.
La pobreza es un delito del capitalismo y una crueldad que se impone incesante y despiadadamente, que siembra la desesperación y el abandono mientras golpea la economía de las familias trabajadoras, el estado de ánimo, la fortaleza emocional y la voluntad de lucha. La pobreza es un acto criminal que merecería sanción legal revolucionaria y sanción popular. Es indebido, es canalla es una monstruosidad que se acrecienta. Es un acto criminal que pisotea la dignidad más elemental.
No alcanza con que nos digan los obispos millonarios, serviles a la oligarquía, que Cristo fue “pobre”; no basta con que las “damas de la caridad” repartan alimentos, medicinas, juguetes o cobijas; no alcanza con que los discursos de los politiqueros saliven promesas y más promesas para “abolir la pobreza”…en realidad sólo la lucha organizada, por la clase trabajadora y por los pueblos revolucionarios, terminará verdaderamente con la pobreza y con todas sus consecuencias, también psicológicas y culturales, en el estado de ánimo de los trabajadores.